“ALEMANIA AÑO CERO”, GERMANIA ANNO ZERO, ROBERTO ROSSELLINI

Pocas películas pueden presumir de exceder los términos de la mera consideración artística para finalmente erigirse en auténtico documento histórico. Este filme del director italiano Roberto Rossellini forma parte del selecto grupo de obras artísticas con la capacidad de trascender sus propios límites. A modo del “Guernica” en relación a la Guerra Civil Española –pero también al horror de la guerra en general, de cualquier tipo de guerra-, terminará por imponerse como doloroso símbolo reflejo de unos hechos concretos y reconocibles.

Perdido en este abismo, Edmund es un niño que no sonríe y juega únicamente en los últimos minutos del metraje, cuando premonitoriamente simula dispararse -con la cabeza de un martillo a modo de pistola-. No muestra tampoco comportamientos excesivos característicos de su edad, ya que escasamente llora o se enfada, y sólo lo vemos comer una vez y de forma muy ligera, pues apenas toca la comida. Estos recursos le sirven al realizador, que lo sigue incansable en su inevitable contaminación, para dibujar esa sensación de pérdida progresiva de su condición natural. En sus últimos minutos Edmund mira Berlín, cierra los ojos, y unos segundos después cae aplastado contra el suelo. Más allá de su significación más literal se podría tomar este suceso como la necesidad de la muerte de cierta ideología, tan destructora como destructiva.

La textura quemada y de gran grano de todo el film contribuye a redondear esa sensación de abatimiento y destrucción. El contundente final no deja de ser coherente con el resto de la película, en la que en ningún momento se elude ni dulcifica la dureza de los hechos mostrados (Rossellini no aparta la mirada en ningún momento por más comprometidos que puedan ser éstos, como el envenenamiento del padre a manos de su propio hijo) y la omnipresencia de la muerte, idea ésta con la que se empieza –Edmund y otros personajes cabando fosas- y con la que se termina.

Con evidente estilo neorrealista, Rossellini construye en esta cinta una verdadera fábula de terror (y sobre el terror). En el travelling inaugural el autor conduce al espectador por el Berlín de la posguerra, un paisaje desolado, destruido, oscuro. Muerto. Edmund camina por estos parajes apocalípticos y se adentra en las calles bernilesas cual personaje de un cuento popular que penetra en el bosque. Pero aquí no hay árboles, sino edificios heridos cuyas sombras caen amenazantes sobre él, oscureciéndole, en un efecto dramático de sobrecogedoras connotaciones.
El pensamiento de Plauto «Homo homini lupus est», repetido por Bacon y Hobbes, ilustra perfectamente el tipo de lobo de este cuento. Los habitantes de este Berlín son verdaderas manadas de lobos, jaurías humanas hambrientas, egoístas, derrotadas. Basta recordar la escena en que aparece un caballo muerto en la acera para reforzar esta idea. Rossellini retrata a los berlineses en la calle o bien de lejos o bien de espaldas, de manera que casi nunca se llega a reconocer claramente sus rostros, dejando una sensación como de sombras inanimadas, de fantasmas errantes que vagabundean dolorosamente en el infierno hirviente de la destrucción arquitectónica, moral y física. Cuando el realizador acerca su cámara a estos cuerpos el saldo no es mucho mejor: personas que sobreviven en la miseria material y espiritual, mezquindad impuesta por unas condiciones vitales extremas, miradas agresivas e inquietantes. Edmund se mueve entre estas caras, ojos y manos que dan miedo, que estremecen, que engañan, filmadas por Rossellini con poderosa ilusión de realidad.

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