La textura quemada y de gran grano de todo el film contribuye a redondear esa sensación de abatimiento y destrucción. El contundente final no deja de ser coherente con el resto de la película, en la que en ningún momento se elude ni dulcifica la dureza de los hechos mostrados (Rossellini no aparta la mirada en ningún momento por más comprometidos que puedan ser éstos, como el envenenamiento del padre a manos de su propio hijo) y la omnipresencia de la muerte, idea ésta con la que se empieza –Edmund y otros personajes cabando fosas- y con la que se termina.
Con evidente estilo neorrealista, Rossellini construye en esta cinta una verdadera fábula de terror (y sobre el terror). En el travelling inaugural el autor conduce al espectador por el Berlín de la posguerra, un paisaje desolado, destruido, oscuro. Muerto. Edmund camina por estos parajes apocalípticos y se adentra en las calles bernilesas cual personaje de un cuento popular que penetra en el bosque. Pero aquí no hay árboles, sino edificios heridos cuyas sombras caen amenazantes sobre él, oscureciéndole, en un efecto dramático de sobrecogedoras connotaciones.
El pensamiento de Plauto «Homo homini lupus est», repetido por Bacon y Hobbes, ilustra perfectamente el tipo de lobo de este cuento. Los habitantes de este Berlín son verdaderas manadas de lobos, jaurías humanas hambrientas, egoístas, derrotadas. Basta recordar la escena en que aparece un caballo muerto en la acera para reforzar esta idea. Rossellini retrata a los berlineses en la calle o bien de lejos o bien de espaldas, de manera que casi nunca se llega a reconocer claramente sus rostros, dejando una sensación como de sombras inanimadas, de fantasmas errantes que vagabundean dolorosamente en el infierno hirviente de la destrucción arquitectónica, moral y física. Cuando el realizador acerca su cámara a estos cuerpos el saldo no es mucho mejor: personas que sobreviven en la miseria material y espiritual, mezquindad impuesta por unas condiciones vitales extremas, miradas agresivas e inquietantes. Edmund se mueve entre estas caras, ojos y manos que dan miedo, que estremecen, que engañan, filmadas por Rossellini con poderosa ilusión de realidad.
Etiquetas: cine italiano, Roberto Rossellini, rossellini
noviembre 8, 2008 a las 8:14 am
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